viernes, 8 de enero de 2010

Una noche más

No tenía nada pendiente por hacer así que comencé a conducir sin rumbo fijo como tanto me gustaba hacer. Quería, necesitaba tener algo de acción así que empecé a recorrer aquellas zonas que el gobierno suele catalogar como peligrosas sin encontrar algo bueno; finalmente tuve que detenerme para llenar el tanque de gasolina y algo de diversión llegó. Del otro lado de la calle de donde yo me encontraba pasaron un par de chicas corriendo y gritando, atrás de ellas un grupo de seis sujetos las perseguían riendo. Comencé a seguirlos en mí auto, me coloqué al lado de las chicas y les dije que subieran al carro pero al parecer se asustaron más y dieron vuelta en una angosta calle por donde no podía pasar en el auto, los sujetos me ignoraron por completo y continuaron tras ellas. Estacioné el carro, tomé mi preciado sable del asiento trasero y comencé a caminar por aquella maloliente calle, poco a poco los gritos de ambas se iban incrementando, al parecer se habían cansado de perseguirlas y ya las habían atrapado. Caminé unos treinta metros hasta que logré verlos, cuatro sujetos se encargaban de sujetar y comenzar a manosear a las chicas mientras los otros tres revisaban sus bolsos; logré acercarme a menos de dos metros de la escena sin que se percataran de mi presencia y me quedé inmóvil entre la oscuridad hasta que lanzaron los bolsos y de la mente de todos fácilmente se podía oír que querían sexo.

—Dejen algo para mí– Murmuré riendo cuando las prendas de las chicas comenzaban a caer a pedazos al suelo

De inmediato todos voltearon a verme, se veían caras de sorpresa, de ira e incluso de temor y duda

— ¿Tu quién crees que eres para merecer parte de este festín?— Dijo un sujeto de vaqueros azules y playera tres tallas más grande de la suya mientras levantaba esta y dejaba ver un revolver que traía dentro del pantalón

—No lo sé, depende de ti y de tus lindos amigos, si se portan bien puedo ser su nuevo amo y tendrán la  dichosa oportunidad de servirme por el resto de sus miserables y patéticas vidas pero en caso de no aceptarlo pueden comenzar a verme como a aquel hermoso ángel caído del cielo al que todos temen y empezar a correr ya que el tiempo de sus vidas se reducirá súbitamente a dentro de un par de minutos. Entonces ¿Soy tu maestro o a quien le suplicaras por tu vida en vano?

Todos se volteaban a ver entre sí y empezaron a salir risas nerviosas de sus bocas mientras mostraban sus armas, otras tres pistolas de bajo calibre, un par de navajas y una gran cadena.

—Vaya, vaya pero si tenemos a un chistosito de visita, que se cree Satanás— respondió el mismo tipo de los vaqueros azules apuntándome ya con su arma

­—Bien veo que has tomado ya tu decisión— Lentamente me quité mi gabardina y la colgué en el último escalón de una escalera de emergencia, burlándome con la misma lentitud puse una mano en el mango de mi sable y lo levanté diez centímetros —Es su última oportunidad chicos, piensen bien lo que van a hacer o lo van a pagar muy caro— Empezaron a reírse y el patético líder disparó cerca de mis pies; salté rompiendo de una patada el único foco que alumbraba aquella parte del callejón, ahondando todo en una perfecta oscuridad, comencé a reír explotando los tonos graves que de mi boca pueden surgir y comencé a moverme en círculos, tal y como lo esperaban entraron en pánico y empezaron a disparar en todas las direcciones para intentar matarme pero en lugar de eso eliminaron por mí a uno de su propio bando; iba uno, faltaban cinco.

Me coloqué detrás del jefe y le di un golpe en la nuca dejándolo inconsciente, grité lo más inhumano que pude y los disparos cesaron, tomé la cadena que traía el que había muerto por fuego amigo y golpeé con ella a los tres que quedaban en pie; llevé a los cuatro pandilleros a la entrada del callejón donde había algo más de luz y regresé a ver a las chicas que estaban en estado de shock abrazadas y llorando, les ayudé a vestirse con lo poco que no habían destrozado y les pedí que me acompañaran. Llegamos a donde estaban los malhechores que intentaban despertar, encadené al jefe a un poste y terminé de despertar a los otros cuatro. Hice que se arrodillaran y que rogaran (sí, que rogaran) perdón al par de muchachas, después de cumplido el punto anterior subí a ambas a mi auto diciéndoles que las llevaría a casa. Levanté por el cuello a uno de los delincuentes y lo estrellé con la pared hasta que su cabeza perdió su forma y de las heridas caían pedazos de cráneo, lancé el cuerpo hacia sus compañeros que por alguna extraña razón no habían intentado escapar; tiraron el cuerpo y arrastrándose se pegaron a la pared, saqué mi sable y lo abaniqué como si jugara beisbol y lo detuve a escasos centímetros de sus rostros; el líder solo me observaba mientras sacaba espuma por la boca. Comencé a reír y me di la vuelta dándoles la espalda y justo en el momento en el que intentaban ponerse de pie giré y de un fuerte golpe atravesé a dos de ellos por el cuello como si estuviera preparando brochetas, al tercero solo se hizo una pequeña herida con la punta del sable y se tiró al suelo después de eso.

Su jefe gritaba pero no se le entendía nada y sus ojos estaban ya llenos de lágrimas; mantuve la mirada fija en él y le sonreí después de un par de minutos. Levanté al herido e hice algo que nunca había intentado y que fue realmente divertido, lo tiré en el asfalto y le abrí la boca poniéndola en la banqueta y le pateé la nuca rompiéndole la quijada, le di una patada más para romperle el cuello y que muriera. Caminé hacia el jefe mirándolo directamente a los ojos y cuando pasé enfrente de él gire para seguir viéndolo y comencé a caminar hacia atrás hasta que me perdí en la oscuridad. Regresé con mi gabardina en las manos y seguí caminando hasta llegar al auto ignorando por completo al colérico hombre; abrí la puerta trasera del carro y les di la gabardina a las muchachas diciéndoles que por si tenían frio. Cerré la puerta y giré sobre mis talones recargándome en el auto y sin borrar la sonrisa en mi rostro comencé a hablar —Te lo dije y no quisiste hacerme caso, ahora. ¿Qué haré contigo?— Me aproximé a los dos cuerpos que aun tenían mi sable en su cuello y apoyando un pie en uno de ellos lo saqué viendo con desagrado lo sucio que ya estaba, caminé hacia mi prisionero y deslice un lado de la hoja para limpiarla en su playera, le di vuelta y cruzando ahora su pecho limpie el otro lado de la hoja — ¿Qué haré contigo?— Volví a pronunciar diciéndolo más para mí que para él. Guardé el sable y lo desencadené poniéndole ahora la cadena en el cuello y lo amarré en uno de los rines del carro, subí al auto y encendí el motor escuchando sus gritos clamando piedad, moví la palanca despacio a la “D” y pisé el acelerador a fondo viendo por el espejo lateral como un delincuente dejaba la piel en el pavimento a casi 190 kilómetros por hora, las chicas lloraban nuevamente y yo solo reía, casi tres kilómetros después me detuve antes de la intersección con una gran avenida y lo solté ahí. Volví a conducir y unas calles antes de llegar a mi casa me detuve ordenando a las chicas que bajaran lo cual hicieron sin pensarlo mucho echándose a correr, bajé del carro y las alcancé tomando a ambas por la cintura y bebiendo de sus cuellos, después de todo el salvarlas me había provocado mucha sed.

Lord Azvrok.


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