No tenía nada pendiente por hacer así que comencé a conducir sin rumbo fijo como tanto me gustaba hacer. Quería, necesitaba tener algo de acción así que empecé a recorrer aquellas zonas que el gobierno suele catalogar como peligrosas sin encontrar algo bueno; finalmente tuve que detenerme para llenar el tanque de gasolina y algo de diversión llegó. Del otro lado de la calle de donde yo me encontraba pasaron un par de chicas corriendo y gritando, atrás de ellas un grupo de seis sujetos las perseguían riendo. Comencé a seguirlos en mí auto, me coloqué al lado de las chicas y les dije que subieran al carro pero al parecer se asustaron más y dieron vuelta en una angosta calle por donde no podía pasar en el auto, los sujetos me ignoraron por completo y continuaron tras ellas. Estacioné el carro, tomé mi preciado sable del asiento trasero y comencé a caminar por aquella maloliente calle, poco a poco los gritos de ambas se iban incrementando, al parecer se habían cansado de perseguirlas y ya las habían atrapado. Caminé unos treinta metros hasta que logré verlos, cuatro sujetos se encargaban de sujetar y comenzar a manosear a las chicas mientras los otros tres revisaban sus bolsos; logré acercarme a menos de dos metros de la escena sin que se percataran de mi presencia y me quedé inmóvil entre la oscuridad hasta que lanzaron los bolsos y de la mente de todos fácilmente se podía oír que querían sexo.
—Dejen algo para mí– Murmuré riendo cuando las prendas de las chicas comenzaban a caer a pedazos al suelo
De inmediato todos voltearon a verme, se veían caras de sorpresa, de ira e incluso de temor y duda
— ¿Tu quién crees que eres para merecer parte de este festín?— Dijo un sujeto de vaqueros azules y playera tres tallas más grande de la suya mientras levantaba esta y dejaba ver un revolver que traía dentro del pantalón
—No lo sé, depende de ti y de tus lindos amigos, si se portan bien puedo ser su nuevo amo y tendrán la dichosa oportunidad de servirme por el resto de sus miserables y patéticas vidas pero en caso de no aceptarlo pueden comenzar a verme como a aquel hermoso ángel caído del cielo al que todos temen y empezar a correr ya que el tiempo de sus vidas se reducirá súbitamente a dentro de un par de minutos. Entonces ¿Soy tu maestro o a quien le suplicaras por tu vida en vano?
Todos se volteaban a ver entre sí y empezaron a salir risas nerviosas de sus bocas mientras mostraban sus armas, otras tres pistolas de bajo calibre, un par de navajas y una gran cadena.
—Vaya, vaya pero si tenemos a un chistosito de visita, que se cree Satanás— respondió el mismo tipo de los vaqueros azules apuntándome ya con su arma
—Bien veo que has tomado ya tu decisión— Lentamente me quité mi gabardina y la colgué en el último escalón de una escalera de emergencia, burlándome con la misma lentitud puse una mano en el mango de mi sable y lo levanté diez centímetros —Es su última oportunidad chicos, piensen bien lo que van a hacer o lo van a pagar muy caro— Empezaron a reírse y el patético líder disparó cerca de mis pies; salté rompiendo de una patada el único foco que alumbraba aquella parte del callejón, ahondando todo en una perfecta oscuridad, comencé a reír explotando los tonos graves que de mi boca pueden surgir y comencé a moverme en círculos, tal y como lo esperaban entraron en pánico y empezaron a disparar en todas las direcciones para intentar matarme pero en lugar de eso eliminaron por mí a uno de su propio bando; iba uno, faltaban cinco.
Me coloqué detrás del jefe y le di un golpe en la nuca dejándolo inconsciente, grité lo más inhumano que pude y los disparos cesaron, tomé la cadena que traía el que había muerto por fuego amigo y golpeé con ella a los tres que quedaban en pie; llevé a los cuatro pandilleros a la entrada del callejón donde había algo más de luz y regresé a ver a las chicas que estaban en estado de shock abrazadas y llorando, les ayudé a vestirse con lo poco que no habían destrozado y les pedí que me acompañaran. Llegamos a donde estaban los malhechores que intentaban despertar, encadené al jefe a un poste y terminé de despertar a los otros cuatro. Hice que se arrodillaran y que rogaran (sí, que rogaran) perdón al par de muchachas, después de cumplido el punto anterior subí a ambas a mi auto diciéndoles que las llevaría a casa. Levanté por el cuello a uno de los delincuentes y lo estrellé con la pared hasta que su cabeza perdió su forma y de las heridas caían pedazos de cráneo, lancé el cuerpo hacia sus compañeros que por alguna extraña razón no habían intentado escapar; tiraron el cuerpo y arrastrándose se pegaron a la pared, saqué mi sable y lo abaniqué como si jugara beisbol y lo detuve a escasos centímetros de sus rostros; el líder solo me observaba mientras sacaba espuma por la boca. Comencé a reír y me di la vuelta dándoles la espalda y justo en el momento en el que intentaban ponerse de pie giré y de un fuerte golpe atravesé a dos de ellos por el cuello como si estuviera preparando brochetas, al tercero solo se hizo una pequeña herida con la punta del sable y se tiró al suelo después de eso.
Su jefe gritaba pero no se le entendía nada y sus ojos estaban ya llenos de lágrimas; mantuve la mirada fija en él y le sonreí después de un par de minutos. Levanté al herido e hice algo que nunca había intentado y que fue realmente divertido, lo tiré en el asfalto y le abrí la boca poniéndola en la banqueta y le pateé la nuca rompiéndole la quijada, le di una patada más para romperle el cuello y que muriera. Caminé hacia el jefe mirándolo directamente a los ojos y cuando pasé enfrente de él gire para seguir viéndolo y comencé a caminar hacia atrás hasta que me perdí en la oscuridad. Regresé con mi gabardina en las manos y seguí caminando hasta llegar al auto ignorando por completo al colérico hombre; abrí la puerta trasera del carro y les di la gabardina a las muchachas diciéndoles que por si tenían frio. Cerré la puerta y giré sobre mis talones recargándome en el auto y sin borrar la sonrisa en mi rostro comencé a hablar —Te lo dije y no quisiste hacerme caso, ahora. ¿Qué haré contigo?— Me aproximé a los dos cuerpos que aun tenían mi sable en su cuello y apoyando un pie en uno de ellos lo saqué viendo con desagrado lo sucio que ya estaba, caminé hacia mi prisionero y deslice un lado de la hoja para limpiarla en su playera, le di vuelta y cruzando ahora su pecho limpie el otro lado de la hoja — ¿Qué haré contigo?— Volví a pronunciar diciéndolo más para mí que para él. Guardé el sable y lo desencadené poniéndole ahora la cadena en el cuello y lo amarré en uno de los rines del carro, subí al auto y encendí el motor escuchando sus gritos clamando piedad, moví la palanca despacio a la “D” y pisé el acelerador a fondo viendo por el espejo lateral como un delincuente dejaba la piel en el pavimento a casi 190 kilómetros por hora, las chicas lloraban nuevamente y yo solo reía, casi tres kilómetros después me detuve antes de la intersección con una gran avenida y lo solté ahí. Volví a conducir y unas calles antes de llegar a mi casa me detuve ordenando a las chicas que bajaran lo cual hicieron sin pensarlo mucho echándose a correr, bajé del carro y las alcancé tomando a ambas por la cintura y bebiendo de sus cuellos, después de todo el salvarlas me había provocado mucha sed.
Lord Azvrok.
