Emen hetan...
Se agradece al Marqués de Sade por ser la inspiracion para este corto relato
Era mi trabajo después de todo, y la vida que me daba era muy buena pero eso no impedía mi repudio hacia la mayoría de mis clientes y como toda persona, tengo un límite y llegué a él. Mi labor consistía básicamente en buscar la forma de satisfacer las “necesidades” de las personas más enfermas y depravadas de la ciudad. Hasta que decidí corregir mi camino y ¿Qué mejor forma de hacerlo que limpiando la ciudad de esa escoria? Lo hice…
Poco a poco, siguiendo sus juegos fui acabando con ellos. Un caso en el que realmente me sentí satisfecho fue el de un asqueroso sacerdote cuyo fetiche era entrar en un barril hecho a su medida lleno de mierda, en este barril había un orificio por donde el cura sacaba su pene para ser masturbado por una prostituta. Ese era su fetiche y ese fue su final.
Como cada domingo, después de misa, esperaba al padre atrás de su iglesia con todo listo para él; después de unos minutos de espera llegó casi corriendo y arrancándose el hábito literalmente. Me arrojó un sobre con mi paga (que supongo venia del diezmo de la gente) y entró ya desnudo al barril. Trabajadores fueron llenando el barril con la mierda que conseguíamos toda la semana de baños portátiles y otros lugares; con la primer cubeta cerró los ojos, puso cara de placer y sacó su asqueroso miembro por el orificio dispuesto para eso. Conforme se iba llenando, su erección iba incrementando hasta llegar al límite justo cuando la mierda ya le llegaba al cuello. La prostituta (que por ordenes de él tenía que estar vestida como monja) comenzó a hacer su trabajo pero yo tenía planes distintos para esa especial ocasión.
Por órdenes mías, mis ayudantes cerraron el barril y clavaron la tapa a él, las quejas del sacerdote no se hicieron esperar pero nadie le escuchaba. La prostituta hizo su parte anudando su pene con una cuerda que junto con otras rodeaba todo el barril. Con gran esfuerzo subimos el barril a la camioneta donde lo transportábamos y salimos a dar un paseo. Llegamos a una calle empinada y vacía casi en su totalidad, bajamos el barril y comenzamos a clavar cortas dagas en él y lo acostamos sobre el asfalto, los gritos del clérigo eran horribles pero complacientes al mismo tiempo; amarramos todas las cuerdas a la camioneta, incluyendo la que estaba en su pene y comenzamos a andar aumentando la velocidad poco a poco. Conforme avanzábamos cuesta arriba iba cortando cada una de las cuerdas hasta que el momento cumbre llegó y corte todas menos la que sujetaba el miembro del padre y como estábamos de bajada no resistió el peso, arrancó el pene del eclesiástico y el barril comenzó a rodar cuesta abajo. Dimos media vuelta y lo seguimos hasta que este se estrelló en una gran barda y se destrozó por completo. El resultado fue peor (o mejor tal vez) de lo que esperaba; el cuerpo del sacerdote con cientos de heridas por las dagas y castrado yacía sobre decenas de kilos de mierda.
Como cada domingo, después de misa, esperaba al padre atrás de su iglesia con todo listo para él; después de unos minutos de espera llegó casi corriendo y arrancándose el hábito literalmente. Me arrojó un sobre con mi paga (que supongo venia del diezmo de la gente) y entró ya desnudo al barril. Trabajadores fueron llenando el barril con la mierda que conseguíamos toda la semana de baños portátiles y otros lugares; con la primer cubeta cerró los ojos, puso cara de placer y sacó su asqueroso miembro por el orificio dispuesto para eso. Conforme se iba llenando, su erección iba incrementando hasta llegar al límite justo cuando la mierda ya le llegaba al cuello. La prostituta (que por ordenes de él tenía que estar vestida como monja) comenzó a hacer su trabajo pero yo tenía planes distintos para esa especial ocasión.
Por órdenes mías, mis ayudantes cerraron el barril y clavaron la tapa a él, las quejas del sacerdote no se hicieron esperar pero nadie le escuchaba. La prostituta hizo su parte anudando su pene con una cuerda que junto con otras rodeaba todo el barril. Con gran esfuerzo subimos el barril a la camioneta donde lo transportábamos y salimos a dar un paseo. Llegamos a una calle empinada y vacía casi en su totalidad, bajamos el barril y comenzamos a clavar cortas dagas en él y lo acostamos sobre el asfalto, los gritos del clérigo eran horribles pero complacientes al mismo tiempo; amarramos todas las cuerdas a la camioneta, incluyendo la que estaba en su pene y comenzamos a andar aumentando la velocidad poco a poco. Conforme avanzábamos cuesta arriba iba cortando cada una de las cuerdas hasta que el momento cumbre llegó y corte todas menos la que sujetaba el miembro del padre y como estábamos de bajada no resistió el peso, arrancó el pene del eclesiástico y el barril comenzó a rodar cuesta abajo. Dimos media vuelta y lo seguimos hasta que este se estrelló en una gran barda y se destrozó por completo. El resultado fue peor (o mejor tal vez) de lo que esperaba; el cuerpo del sacerdote con cientos de heridas por las dagas y castrado yacía sobre decenas de kilos de mierda.
Otro cliente satisfecho…
Lord Azvrok.

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